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El banquillo eléctrico

En ocasiones, al entrenador de fútbol se le llama “inquilino” del banquillo. Nunca mejor dicho, porque jamás disfrutará esa pertenencia como propietario. Siempre presto al desahucio deportivo. Nunca despejado el horizonte de su trayectoria. Solía decir el maestro Luis Aragonés que los entrenadores “tenemos una maleta con ruedas siempre presta a rodar”. Por mucho que un jugador de fútbol compita con arrojo sobre el césped, esforzándose hasta la extenuación, quien más sobrecarga y calambres padece es el entrenador dirigiendo desde el banquillo al equipo. Es en ese espacio tan íntimo y reducido donde suele acumularse un voltaje de alta tensión, capaz de electrificar todo el entorno del club y, al mismo tiempo, dejarlo sin corriente.

Un entrenador de fútbol, además de sus cualidades deportivas, debe disponer también de un sistema nervioso a prueba de bomba, porque vive su profesión con agitación permanente expuesto a la incertidumbre del resultado. Muchos padecen y sufren las inclemencias de las directivas. Se sacrifican por el fútbol para terminar sacrificados por las directivas. La psicóloga Patricia Ramírez explica ese ajetreo emocional de forma atinada en una columna publicada en el diario Marca bajo el expresivo título “El sufrimiento de un entrenador”  https://t.co/bprpJHZjkc

Más que de su buen hacer, el entrenador depende de los resultados, que a veces no son consecuentes con un esmerado y concienzudo trabajo previamente realizado. Injustamente se equipara la derrota con el fracaso. Decía Stefan Kovacs, entrenador del todopoderoso Ajax en la década de los setenta, que “el prestigio no está en los títulos, sino en el trabajo; si el trabajo se hace con dedicación y plena responsabilidad, el prestigio, al menos en lo personal, existe. Los títulos son algo así como el postre tras una buena comida. El postre solo no apetece”. Se lamentaba el mítico Ladislao Kubala, que la mayoría de la gente está pendiente más de los resultados que del trabajo. “Hay un baremo equivocado en el fútbol”, decía, “porque uno  intentar lo mejor, dejarse el pellejo y llegar al agotamiento pero todo eso te lo arruina un balón que rebota en el larguero o un delantero que falla un penalty”.

Durante su etapa como entrenador, el malogrado García Traid explicaba que “mientras que los jugadores tienen una responsabilidad individual en beneficio de un conjunto, el entrenador tiene la responsabilidad del conjunto”. Esto explica que siempre resulte más fácil prescindir del entrenador que de la mitad de un equipo. No existe el entrenador con varita mágica. Sí resulta mágico disponer de sentido común como aquél gran entrenador, Miguel Muñoz, que decía: “Una cosa es estar obligado a intentar ganar todo y otra estar obligado a ganarlo todo”. También con mucho sentido y con otras palabras, otro técnico insuperable como Luis Aragonés decía: “No aseguro un título. Sí afirmo que vamos a trabajar al máximo para conseguirlo”. Con energía y magnetismo así, es como se galvaniza un club de fútbol. Y sin riesgo de electrocutarse.  

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