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¿Hay mejor vida que la del futbolista?

Jesús Larraza Renovales nació en Basauri el 20 de julio de 1903 y falleció el 27 de mayo de 1926 a causa de un accidente de motocicleta. Era futbolista del Athletic de Bilbao, de aquél Athletic de Sabino, sí, el de “A mí Sabino que les arrollo”. Disputó con la selección española los Juegos Olímpicos de París en 1924. Un día de mayo sufrió el fatal accidente y murió. Era muy querido en su entorno. Un compañero llevó la dolorosa noticia a los demás diciendo “Larraza ha pasado a mejor vida”. Y otro respondió: “¿Pero la hay mejor?”.

Casi un siglo después de aquellos tiempos, en que los iniciados en el deporte del balompié dirimían sus disputas con el esférico en la más absoluta soledad sobre improvisados terrenos de juego en solares polvorientos de barrios suburbiales de nuestras ciudades, cuando hoy el fútbol es fenómeno social y, a la vez, espectáculo global de masas, practicado en un rectángulo de juego expuesto a la visión de centenares de cámaras y millones de ojos, con un cuidadísimo y delicado césped dentro de majestuosos estadios con gigantescas estructuras, repletos de públicos ardientes que animan con su entusiasmo y apasionada parcialidad a los equipos que compiten sobre el verde, cuando ya nos resulta remotamente lejana aquella imagen del fútbol como deporte romántico, que ha sido hoy sustituida por la de una profesión, no una más, sino una muy especial, continua siendo patente y además amplificada la impresión de que ser futbolista es una de las mejores profesiones que hay en el mundo.

¿Y dónde reside la especialidad de esta profesión? En que el futbolista gana mucho dinero dedicándose a lo que le gusta sin necesidad de haber superado unos arduos estudios académicos, sin precisar de una vasta cultura o sin la obligación de bregar con una jornada laboral constreñida por una atestada agenda de toma de decisiones, siempre reflexivas y decisivas, propia de un alto directivo de compañía del IBEX. Para Helenio Herrera, entrenador de leyenda, “el futbolista nace no se hace. Las cualidades esenciales se llevan dentro. Despertarlas o perfeccionarlas sí se puede. Hacerlas, crearlas no”. También es una profesión especial porque la vida del jugador de fútbol es muy corta. Como la de todos los deportistas, está sujeta a caducidad. Y, por último, hay especialidad porque el fútbol es un medio de ganarse la vida en el que importa más jugar cada domingo que el dinero a percibir. Ser futbolista es algo inexplicable que se lleva muy dentro, no solo en los pies.

“El día de mi adiós al fútbol lloré como un niño. Lo habría cambiado todo por volver a empezar”, decía el mítico Puskas. Quien fuera compatriota y gran amigo suyo, Janos Kalmar, lo describía como un enamorado del fútbol que duerme con la pelota debajo de la almohada. ¿Cómo debe ser un buen jugador de fútbol? preguntó un periodista al  entrenador García Traid, “un enamorado de su profesión, responsable, con gran sentido del deber y espíritu de sacrificio” contestó éste. Quizá la vida del futbolista sea la mejor. Pero se acaba pronto.

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